Enrique Bunbury

DE BUNBURY Y EL SIMBOLISMO
05.01.11
“Lo que fue bautizado con el nombre de simbolismo se resume harto sencillamente en la intención común a diversas familias de poetas (por otra parte enemigas entre sí), de recuperar de la música algo que siempre les perteneció…” Paul Valéry.

El simbolismo hace parte de los ismos aparecidos en las vanguardias, su época de aparición data de 1885 aproximadamente, es en 1886 que Jean Móreas publica el manifiesto simbolista que resume el pensar de esta corriente literaria; pero es más que un ismo de las vanguardias, y obedeciendo a los

retornos dentro de la evolución de la literatura, nos lleva a encontrarlo y perseguirlo, ¿y por qué no? Hasta a necesitarlo a lo largo de la historia. Paralelo y no opuesto a esto están los textos de Enrique Bunbury, el cantautor español que comienza su carrera a mediados de los 80’s hasta el presente; analizaremos la obra de enrique Bunbury, basándonos en 3 textos escogidos, y los miraremos desde el ángulo de la estética simbolista, no pretendo encasillar al autor en un ismo, pero si mostrar el retorno de esa estética a través de su música, mirar las causas del retorno tanto históricas como estéticas, teniendo en cuenta que la literatura dentro de la música evoluciona diferente. Bunbury es simbolista, el simbolismo se sale del tiempo y tiene sus retornos, existe una necesidad de servir como discurso en contra de las condiciones en las que se desenvuelve el autor.

Definir el simbolismo dentro de los límites del ismo resulta una labor complicada, ya que el simbolismo más que un movimiento surgido dentro del mar de vanguardias (todas ellas inmortalizadas en un manifiesto) es una necesidad del sujeto de exteriorizar lo que la psiquis muestra, y también es un modo de expresión que trasciende las barreras de las épocas. El simbolismo es la necesidad humana de romper la censura, lo que la realidad ha impuesto para sustituirlo por los paraísos literarios, imaginarios y artificiales que proveen de refugio y de discurso a la gente aplastada y acosada por el impulso abrumador del progreso y la civilización.

Es así como en medio de los paraísos creados por los simbolistas, Bunbury hace su primera intervención en este análisis:

“La ficción es y será mi única realidad.”

Este fragmento extraído de la canción la espuma de Venus, del disco avalancha de los héroes del silencio, del año 1992, y que es descrito por la crítica como un álbum en el que las letras denotan una preocupación o un modo de sentir referente a temas sociales: la apatía, el agobio, la avaricia. Precisamente los ambientes que obligan a la búsqueda de esas irrealidades, a la creación de espacios hechos de espejismos, de alucinaciones y de imaginaciones, donde el autor ya no clama por los pies sobre la tierra sino por ese espacio donde poder respirar, extraído de la imaginación de lo recóndito, de lo que sabemos es de mentiras, pero que adoptaremos como realidad a falta de una mejor en el exterior.

La canción de un alto contenido erótico, no en vano la referencia a la espuma de Venus, esa fruta preciada, buscada en las cosas irreales. Los espacios creados en esta canción nos conducen lenta pero descaradamente a soñar e imaginar con el sexo, con el sexo casi tan importante como el agua, con el sexo en un mundo mejor o quizás más estético. Crea espacios que nos arrastran al lecho, desde la desnudez y el oleaje, que recrean el movimiento, que llevan incluso el ritmo de toda la parte musical de esta canción, en esta imagen se vale la literatura para mover la música, porque la letra nos indica el ritmo del vaivén del sexo que se traslada a la poesía y más tarde a la melodía.

El barco hundiéndose en la letra de la canción, nos sugiere una penetración, de forma armónica y al mismo tiempo desesperada. Es decir, por algún motivo podemos referirla al símbolo aun sabiendo que el símbolo no se puede traducir. Más que especular, nos dejamos mover por la sugerencia del símbolo, más que intentar adivinar lo que dice la canción, el lector se deja llevar por la impresión y la musicalidad que más tarde lo conducirán a la interpretación del texto, y esta es más bien una agrupación de impresiones, como afirma el texto de las consideraciones sobre el simbolismo: sentir qué afinidades unen el mundo de los sonidos y el del pensamiento, se trata de hacer sensibles unas misteriosas correspondencias.

Estas imágenes deben dejarnos impresiones, el símbolo literario debe conmover al lector, lograr que el lector entre al universo imaginario del texto, una comunión, la familiaridad hacia lo desconocido, pero acogedor.

La música en Bunbury (y con música nos referimos sólo a la melodía sin letra), es también un vehículo para el símbolo al arle atmosfera y movimiento, pero también es símbolo en sí, al ser indispensable en la creación, la música es un símbolo más allá de la palabra que entra en los sentidos del lector, y es parte indispensable de la interpretación del texto, al ser una canción el documento a analizar.

La música es el amplificador del símbolo, y en el caso de Bunbury, sería descuidado no analizar también su interpretación, su voz, hace que el símbolo se amplifique aun más y se ignore la necesidad de buscar en significado del mismo. Son sonidos espectrales y heridos, alargados y sumergidos que nos transportan a la caverna, al abismo que servirá de escenario al símbolo.
Según J. Pierrot la cosmovisión de la literatura de finales del siglo XIX, (la referencia exacta es al simbolismo y el decadentismo, que al parecer no tienen una división definida) es una estética decadente un “rechazo fundamental del mundo y de una realidad considerada intolerable por el hombre en general y por el artista en particular … resolución del artista a escapar de la realidad por todos los medios posibles, creando su propio paraíso de una manera u otra, recurriendo a diversos métodos de evasión (perfeccionamiento de sensaciones, aun llegando tan lejos como a la alucinación, los sueños y las drogas, imágenes exóticas…”[1]

Entra a nuestro campo de análisis la siguiente canción propuesta para esta mesa de vivisección literaria (porque no pretendemos matar el texto en el análisis sino mirar sus entrañas e ir con su propio beat.) es opio, canción del mismo álbum que la anterior, y esta nos lleva precisamente a la droga como fertilizante de los paraísos literarios de los escritores simbolistas.

La canción gira en torno a las impresiones del consumo de opio, aunque bien podría ser adaptada a cualquier otra droga; va recogiendo los impactos sensibles de lo creado mediante el estimulo de la droga:

“Es el opio la flor de la pereza hasta que llego a ser sólo existencia. El humo de leche muge lento extendiendo el sabor del universo.”

Nos remiten estas imágenes al letargo y el equilibrio de levedad y peso existente en la experiencia bajo el efecto de las drogas.

También en esta canción volvemos a la creación de escenas imaginarias, artificiales, alejadas de paisajes naturales, pero específicamente de cualquier paisaje humano, se mueven en mundos oscuros y llenos de imágenes, al final como dice dentro de la misma canción no se sabe si será un sueño o será mentira.

Ya el simbolismo no busca explicar al mundo, ni siquiera apropiarse de él, no desea ni contemplarlo, sino más bien sustituir el mundo, en las dos canciones que hemos visto hasta el momentos, no existe un paisaje heterogéneo ni real, ni tampoco humano, no hay muestras de lo urbano o de lo campestre, lo que se refleja son mundos extraídos del sueño, que van siendo imaginados paralelos con una distancia enorme y con imágenes distorsionadas para crear ambientes fantasmagóricos, oscuros, y al mismo tiempo encontramos comodidad y refugio dentro de los universos creados por el autor.

Lo místico y los mundos soñados, son necesarios para la persona, porque sólo ahí puede crear discurso contra la vida practica, contra el agite de los tiempos en los que se mueve, pero las causas ambientales, serán tema un poco más adelante, primero trataremos la obra de Bunbury y el simbolismo, analizando las canciones dentro de los parámetros que los documentos que hablan sobre simbolismo nos dan como características de los escritores de este movimiento.

Si bien se puede ver la poesía de Baudelaire como algo tormentoso y oscuro que se levanta en un acto más rebelde que revolucionario ante la moral y el entorno del siglo XIX, se le procesó por inmoralidad, por el contenido de las flores del mal. Baudelaire tiene dentro de las flores varios poemas referentes a la culpa, no siendo él un poeta religioso, conserva de la religión la idea del pecado, como dice en el texto sobre la poesía francesa acerca de la poesía de Baudelaire: “la rebeldía es un afán de otro orden más autentico que el que le rodea.”

Es en este punto donde volvemos a Enrique Bunbury, en paralelo con poemas como lo irreparable de Charles Baudelaire, vemos la importancia de la culpa en los poetas simbolistas (claro está que he llegado a pensar que la culpa del simbolista no es más que una necesidad literaria, que algo estético, más que un verdadero remordimiento), la canción desde la cual se mira el símbolo del pecado y del arrepentimiento es culpable, una canción del álbum el espíritu del vino. En la canción, se conjugan el sentimiento de la rebeldía y el adorno de la culpa en dos momentos de la canción:

“Ir más allá de lo permitido,por los fluidos que recorren el cuerpo,renunciarás a las costumbres y sometidos,la procesión irá por dentro”

En este fragmento nos vemos animados a la rebelión, en procesos no cercanos a la moral sino más bien orientados a libertad sexual y la perversión, que mueven a los bohemios simbolistas, a la decadencia dentro de lo oscuro y lo vedado para los oídos y los ojos, incluso para el pensamiento, podrá argumentar el lector de este escrito, que la libertad sexual es algo muy común en nuestra época, a lo que le puedo responder que aun hoy la libertad sexual se permite sólo de pensamiento, no de acto, y a veces hasta de habla está condenada, sigue siendo para muchos el sexo y la promiscuidad como un rumor oscuro.

La rebelión en el entorno en busca de realidades mejores, las que el mismo escritor inventa, las realidades imaginadas que no tienen prohibiciones son a las que alude esta canción, pero como en toda imagen rebelde que hiere y raya en lo inmoral, la línea entre el bien y el mal se enreda alrededor de la imagen y sobre esto recae la culpa, la que es meramente estética.
Volvemos entonces sobre el texto:

“¿Te quedarás, mi pesadilla,rondándome al oscurecer?
[…]
¿Querrán las glándulas lascivas,declararme culpable?,si me ofrecí a tus rodillas,y no quería quedarme”

El acto de rebelión que invita a no renunciar ni negarse a ninguna experiencia, que aparece en la primera parte del texto, se presenta también la idea del pecado y de la entrega a este, y del remordimiento precisamente en la expresión sobre la pesadilla rodando al oscurecer.

La culpa del simbolismo no es cristiana, es una culpa poética, que sin embargo tiene sus raíces sumidas en las ideas religiosas de la condenación y la redención, que se llevan a tales extremos estéticos que crean la idea del precipicio dada en la poesía de los malditos, y que al igual que la canción de Bunbury nos remite a un camino descendente, en los que se empieza a oscurecer, comulga con la idea de lanzarse al mal y la decadencia, pero en el trasfondo literario se busca una redención que no se haya, precisamente para hacer más aguda y profunda la culpa, para darle los toques de abismo espectral tan requeridos en el simbolismo, para sumergir a la culpa y al lector en el símbolo, y que este pueda identificarse, sentir empatía con el lamento del autor, y que por otra parte el símbolo también le permita saborear del crimen y de la profanación que se exhibió antes de la culpa, porque es esa precisamente la labor del símbolo.

Paul Verlaine, en su obra deja a la poesía desprovista de misión alguna, lo cual no es del todo contradictorio a la rebelión encontrada en Baudelaire y el rechazo al sometimiento en Bunbury, porque lo que tiene el poeta simbolista es una rebelión, y la rebelión es del individuo, carece de fines para los demás, no como la revolución que es transformadora del todo y que afecta a la masa. La rebelión de estos escritores es una necesidad individual por el cansancio y el hastío, y aunque en el fondo clama por una realidad mejor, prefiere, en un acto más común al individuo, inventársela. Es entonces donde vamos de nuevo al arte por el arte, el arte para el individuo por el individuo, no con una función para el otro.

Además de la noción del arte por el arte, está la idea de integrar y tomar artes exteriores a la literatura, como diría Verlaine: música ante todo; de la misma música sale el documento literario que hemos analizado en este ensayo, si bien la idea de los simbolistas no era la música en el sentido de la canción, si era tomar de la música el ambiente y el ritmo para imprimírselo a los símbolos. Desde tomar como inspiración a Wagner y su obra altamente mítica, de donde se desprenden composiciones como la cabalgata de las valkirias, y otras tantas que hacen referencia a la mitología nórdica. Con Bunbury se sintetiza la idea de la poesía y la música, que se busca en el simbolismo. Bunbury crea las imágenes con las letras de las canciones y aumenta la magnitud del símbolo con el acompañamiento de la melodía, lo que impregna la atmosfera de misterio y hace que el lector o mejor, quien lo escucha se sumerja en un océano de correspondencias, que si bien se agita y no cesa, también envuelve todo en una densa y calmada niebla, en ambientes nocturnos que son heredados del romanticismo pero que se hacen aun más profundos y elaborados mediante el símbolo.

Pero remitirnos al simbolismo en Bunbury nos lleva también a sus antecedentes, si en el caso de Baudelaire y los simbolistas, sus antecesores fueron los escritores del romanticismo como Víctor Hugo, o los naturalistas como Zolá, y la literatura positivista; en el caso de Enrique Bunbury, nos vamos hacia la historia del rock en español más que a la historia de la literatura, para poder ver el contexto de la evolución del arte. Antes de Bunbury tenemos a sabina, a Jaime Urrutia, la nacha pop, y otros grupos como mecano, que hicieron parte de la escena musical que antecede a Bunbury y el fenómeno de los héroes del silencio, se remite a canciones con contenidos realistas y desgarradores como es el caso de sabina, a imágenes adornadas en mecano que se aferran, que son oscuras pero dulces, y a veces trágicas, a Jaime Urrutia jugando con la decadencia sin ser decadente, ese es el panorama que surge dentro del rock español de los 80’s y sin previo aviso, toda una generación de jóvenes encuentra el punto de retorno al simbolismo, toda una generación y otras más se vuelven sobre la imágenes espectrales creadas por Enrique Bunbury, sus paraísos que devienen en infiernos y sus impresiones son fuertes, oscuras, atrapan al oyente y lo sumergen en el desamparo de su niebla y su decadencia.

J. Pierrot. La imaginación decadente.

La música de Bunbury aparece como una ruptura a la escena musical producto de la caída del franquismo. Mientras en Francia el simbolismo surge en medio de la revolución industrial y su estado de deshumanización, en España el simbolismo de Bunbury parece nacer en medio de un país optimista por abandonar un legado de opresión y encaminarse al progreso. Sin embargo como dije “parece” porque el camino después del abandono de la dictadura no prometía un paisaje mejor, si es cierto que España se liberó de muchas ataduras morales, religiosas y políticas, y que comenzó un periodo de reconstrucción, más liberal y más encaminado al progreso, también es cierto que pese a esta transformación, aun queda un panorama poco alentador, por ejemplo, se sabe que España tiene la más alta tasa de desempleo en Europa (o al menos para la época de los 80’s como aclaran los textos históricos), el terrorismo de la ETA (organización independentista vasca) que según cifras encontradas en diferentes artículos lleva a la fecha más de 900 muertos desde que apareció en los 60’s. Este es pues el panorama con el que se ve enfrentado el artista. Y lo obliga a crear esos mundos posibles a través de la música, buscar en el simbolismo esa fábrica de realidades más complejas y estéticas, de realidades pobladas de las alucinaciones, el símbolo aparece en la música rock en España para poder engendrar la ficción.

El manifiesto simbolista dice que el arte evoluciona y la literatura como todas las artes, en su ciclo de evolución tiene retornos determinados, ósea la literatura también será víctima del eterno retorno, como la historia, según Nietzsche y los estoicos; pero el simbolismo no es algo que se va y vuelve, es una necesidad humana que permanece y de vez en cuando se tiende a escabullir entre la música y la literatura. Siempre buscamos expresar esas experiencias que se hayan por encima de la realidad, y como la experiencia no puede ser traducida a un lenguaje como el que usamos todos los días, nos valemos del símbolo para hacer que la sensación más que ser conocida como una explicación sea más bien compartida por los sentidos de los otros.

Entonces vamos a sintetizar lo que hemos dicho en este ensayo, sabemos que el simbolismo es una estética de los poetas del siglo XIX, que se caracteriza por un rechazo, por una rebelión estética, que hace del símbolo una herramienta para la creación de mundos irreales. El simbolismo no busca la interpretación o la admiración de la realidad, porque al verla tan devaluada decide inventarse una mejor. Este movimiento también tiene influencias del uso y abuso de drogas y alcohol que eran utilizados en la creación de sus paraísos inexistentes e imaginarios, vedados para el mundo horrible que rodeaba a los poetas simbolistas. Conserva nociones penitentes pero no religiosas, se acepta el pecado y el arrepentimiento, pero no se busca la redención en Dios. El pensamiento simbolista no pertenece en sí a ninguna época, sino que este retorna al rescate del escritor y el lector ahogados en el vaivén de los tiempos modernos, el simbolismo se retoma ante el horror y el aburrimiento de una época y de sus movimientos anteriores.

Así como Rimbaud cruel y profundo se alza y reniega de las conexiones con los otros, con el mundo y con las barreras de lo establecido, así se levanta también Bunbury contra su entorno y reniega de la moral y las buenas costumbres y reniega de una Europa que como el mismo dice: se aburre. Una iberia sumergida llena de rumores y sensaciones nuevas con toques de un pasado que tampoco fue mejor.

Bunbury es un simbolista, porque dentro de sus canciones reúne todos los parámetros anteriores y los mezcla dentro del sonido de su música sus letras, como dije anteriormente, la melodía se convierte en un amplificador del símbolo, haciéndolo más eficaz. Es un simbolista porque surge de la necesidad de dar la espalda a España y al mundo entero para crear y recrear, para imaginar.

El simbolismo tiene muchos retornos a lo largo de la historia, como expresa el manifiesto de simbolista de Móreas, surge como respuesta al envejecimiento del sistema anterior tal y como ocurre con todas las sucesiones de los sistemas. El simbolismo aflora como una necesidad a lo que pasa en el entorno del artista, cuando el entorno es agreste, la necesidad de los mundos imaginados se hace urgente.

En esos tiempos de pena y olvido cuando el mundo se mueve y late y va cada vez más deshumanizado y desintegrado, que como dice Saramago es un mundo de injusticia globalizada, cuando la miseria se come al mundo y nos muestra su peor rostro, el más deformado, las atmosferas estremecedoras y renovadoras que son creadas mediante el símbolo, nos llevan a otros mundos, que nadie dijo mejores, nos deslizamos y cortamos el viento en las irrealidades, dulces y pobladas de alientos mágicos, que nos abruman y nos acogen aterradoramente, y pensamos en volver al mar como la sirena de Bunbury para no quedar atrapados por la realidad.

El simbolismo trasciende las barreras del tiempo, porque más que un ejercicio artístico, representa el deseo de los individuos, el simbolismo le presenta a las personas un yo más allá del ideal romántico, el yo del simbolismo es envuelto por ideas abstractas que parecen concretas, o que aspiran a ser acto más no escapan de la potencia, son ideas que se quedan en el mundo de las sombras, el poeta se interna en la caverna para poder tocar el reflejo de la idea, para escribir a partir de algo parecido a la parte sensible de las cosas que sabemos son etéreas.

Quizás pueda parecer pretencioso sacar al simbolismo más allá de los limites que la clasificación y organización que los estudiosos de la literatura le han dado. Llevarlo al plano vital de la misma forma en que Baudelaire, Mallarmé y Rimbaud, lo hicieron en su tiempo con la poesía, llevarlo más allá del plano literario, una actividad trascendente (aunque la literatura es quizás la actividad más trascendente). El simbolismo se busca, mientras volvamos a las páginas de Baudelaire y podamos apropiarnos de los ambientes y de las emociones impresas en ellas, el simbolismo sigue latiendo despacio en otros aspectos de la historia del arte, en trabajos musicales y literarios más o menos recientes que los de Bunbury, en Vegas, en Fito y Sabina y su álbum de enemigos íntimos, en pedazos de la generación beatnik que saltaron del surrealismo y poblaron los mundos imaginarios llenos de ácido lisérgico, en el manga y el anime, en la poesía inédita de uno que otro joven de nuestra época que se leyó a Baudelaire y le creyó a su ismo, no es tan notorio como en el caso de los poetas malditos y la generación posterior a Baudelaire, pero rescatamos la necesidad del simbolismo más allá del tiempo. Se pueden recopilar muchísimos documentos literarios de su música para apoyar la idea de que el simbolismo escoge como campo de aparición, como su punto de retorno determinado, nuestra época, una época que bien cabría en la descripción que da Lawrence de su tiempo en el amante de Lady Chatterley, “la nuestra es esencialmente una época trágica”, pues si la de Lawrence es trágica, la nuestra es una edad desesperada y desintegrada, El vacio de este tiempo quizás se parece al de los anteriores, pero está agravado por el peso de la repetición, es un suplicio mayor por el peso del retorno sobre los errores generacionales, por el absurdo de volverlos a cometer, por la desazón que da la impresión de no haber aprendido absolutamente nada.

En conclusión, el simbolismo no necesita una vigencia histórica, ya que es una necesidad humana, y en caso de necesitarla, es preocupante que nuestros tiempos den la mejor excusa para volver el rostro y los sueños sobre la literatura simbolista. La necesidad de rebelión (como dije de antemano, rebelión, no revolución, después de todo el simbolismo pertenece al individuo y la revolución a las masas) alimentada por los tiempos negros y jodidos que vivimos, tenemos la necesidad de escapar a planos mejores, literarios, o musicales, planos artísticos, que salten del sueño al horror. Bunbury es simbolista porque cumple con muchos de los criterios ya reconocidos por parte de quienes se atrevieron a escribir para definir parámetros de lo que es el simbolismo, y no sólo crea algo que en esencia es simbolista, sino que amplifica el efecto del símbolo con la melodía. La literatura crea los mundos y la música actúa de barrera protectora de estos mundos. Bunbury es simbolista, incluso si la historia trata de decir lo contrario.

Texto: Isabel Bohórquez
Fuente: Nunca Jamas o el País de las Maravillas
Próximo concierto
21 de septiembre de 2014
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